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THE VALUE OF VISITING THE HOMES OF THE POOR

By Renato Lima de Oliveira 16th General President of the Society of Saint Vincent de Paul

On one occasion, Pope Paul VI said: “The Society of St. Vincent de Paul is the school where you learn and practice charity.” Of course, a statement like that is not made by a Supreme Pontiff at any time. Paul VI, with this statement, highlighted the work of the Society of St. Vincent de Paul and thus revealed to the membership that their task is one of the noblest works.


According to our Rule, the tripod of Vincentian spirituality focuses on the Bible, prayer and the teachings of the Church. I would add another element: reflection on the life and works of Saint Vincent de Paul, of Blessed Antoine Frederic Ozanam and on the extraordinary example of the Blessed Mother, a model woman and mother.


Saint Vincent de Paul, our patron, teacher and inspiration, taught that spirituality resided in two factors: in imitating our Lord Jesus Christ and trusting in Providence. To imitate Christ, Vincent taught his friends: Look to Jesus and try to imitate him. Then ask yourself what Christ would do in such a circumstance. As for the providence of God, the patron saint of charity said: Let us leave it to the guidance of the wise Providence of God. I have a special devotion to following it (CCD: II: 462). How many times, in our conferences, has God supplied the most basic needs?


The list of virtues enumerated by St. Vincent, which are also part of the spirituality of every Christian, includes: charity, humility, patience and obedience. There is a false humility that resembles ingratitude, and ingratitude is the crime of crimes (CCD: III: 41-42), he wrote in one of his 30,000 letters to friends, family, religious and followers. However, the object of Vincentian spirituality is to strengthen men and women as they reach out to those persons who are poor.


So that our action is not confused with mere philanthropy or assistance, it is necessary that the members of the Society of St. Vincent de Paul be connected to God through an intense spiritual life. We have been given the grace to continue to develop our spiritual life through the practice of charity and through an ever-deepening awareness of the need to grow in holiness. We are members of an organization that unites prayer and action.


In the same way that we see Christ in the face of the countless poor men and women who we serve, so also the poor whom we visit must see Christ in our faces. This implies being constant and persevering. God has provided us a holy path that will enable us to attain salvation, namely, the Society of St. Vincent de Paul. 


Therefore, we must live our spirituality twenty-four hours a day (at all times and in all places). Jesus said: Whoever believes in me will do the works that I do, and will do greater ones than these (John 14:12).


Do we stop, on occasion, to reflect on the visit we made to our assisted? It is a kind of sacrament, since we are going to meet Jesus through the neediest, in the same way that we find him in the consecrated Host, in the Holy Eucharist. Here is the center of Vincentian spirituality.

EL VALOR DE LA VISITA A LA CASA DEL POBRE

Por Renato Lima de Oliveira 16º Presidente General de la Sociedad de San Vicente de Paúl

En cierta ocasión, el Papa Pablo VI dijo: «La Sociedad de San Vicente de Paúl es la escuela en donde se aprende y practica la caridad». Por supuesto, una afirmación como esta no la hace un Sumo Pontífice en cualquier momento. Pablo VI, con esta declaración, destacó el trabajo de la Sociedad de San Vicente de Paúl y mostró a sus miembros que su tarea es una de las más nobles.


De acuerdo con nuestra Regla, el trípode de la espiritualidad vicentina se centra en la Biblia, la oración y las enseñanzas de la Iglesia. Y yo añadiría: en la vida y obra de san Vicente de Paúl, del beato Antonio Federico Ozanam y en el extraordinario ejemplo de la Virgen, modelo de mujer y madre.


San Vicente de Paúl, nuestro patrón, maestro e inspirador, predicó que la espiritualidad residía en dos factores: en imitar a nuestro Señor Jesucristo y confiar en la Providencia. Para imitar a Cristo, Vicente enseñaba a sus amigos: Miren a Jesús y traten de imitarlo. Luego pregúntense lo que Cristo haría en su lugar, frente a tal circunstancia. En cuanto a la providencia de Dios, el santo patrón de las obras de caridad dijo: Entreguemos todo a la sabia Providencia Divina. Tengo una especial devoción en seguirla. ¿Cuántas veces, en nuestras conferencias, Dios ha suplido las necesidades más básicas?


La lista de virtudes enumeradas por san Vicente, que forman parte también de la espiritualidad de todo cristiano, es amplia: caridad, humildad, paciencia y obediencia. Hay una falsa humildad que se asemeja a la ingratitud, y la ingratitud es el crimen de los crímenes, escribió en una de sus 30.000 cartas a amigos, familiares, religiosos y seguidores. Sin embargo, el objeto de la espiritualidad vicentina es el pobre al que asistimos.


Para que nuestra acción no se confunda con mera filantropía o asistencialismo, es necesario que los miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl estén conectados con Dios a través de una intensa vida espiritual. Tenemos la gracia de poder mejorar espiritualmente mediante la práctica de la caridad y la santificación personal. Somos parte de una organización que une la oración y la acción.


Del mismo modo que vemos a Cristo en el rostro de las personas a las que asistimos, los pobres a los que visitamos deben ver las facciones de Cristo en nuestros rostros. Este ejercicio implica ser constantes y perseverantes. Dios nos dejó un camino santo para nuestra salvación: la Sociedad de San Vicente de Paúl. Por eso, hemos de vivir nuestra espiritualidad las 24 horas al día, en todo tiempo y lugar. Jesús dijo:

 «El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún».


¿Nos detenemos, en alguna ocasión, a reflexionar sobre la visita que realizamos a nuestros asistidos? Es una especie de sacramento, ya que vamos al encuentro de Jesús por medio de los más necesitados, de la misma manera que lo encontramos en la Hostia consagrada, en la Santa Eucaristía. Aquí está el centro de la espiritualidad vicentina.

Aprendiendo: Jacinto, Roberto y el joven consocio

Por José Ramón Díaz-Torremocha (de las Conferencias de San Vicente de Paúl en Guadalajara)

Bajaban por el Arenal camino de la Parroquia en la que se reunía, cada semana, la Conferencia a la que ambos pertenecían. Charlaban de temas un tanto, sólo un tanto, intranscendentes, pues todos ellos rondaban el tema central de la entrega a la vida de la Conferencia, como signo de la pertenencia de cada uno a la Iglesia. En algún momento volveré sobre este interesante tema de conversación de ambos consocios que a mí me dejó muchas enseñanzas. 


Allá a lo lejos, frente a ellos, con la alegría del inocente, Roberto “el “protegido” de Jacinto, (había dejado de recoger y fumarse las colillas recogidas del suelo y ahora lo hacía de “su” paquete que todos los días, puntualmente, le suministraba Jacinto), Roberto, les hacía señas saludándolos mientras corría hacia ellos con su siempre aspecto enfermizo y su ropa arrugada e incluso maltrecha por buena que fuera la que le suministraban, cada día, solo unas horas antes del encuentro,  perfectamente limpia y planchada, las monjas en cuyo albergue dormía, pues el resto del día, la calle era su cuarto de estar. 


Se pararon a charlar unos pocos minutos, mientras Jacinto recibía el abrazo y el confuso discurso de cariño de su amigo Roberto y este, el apretón de manos del joven consocio. Después, siguieron sus caminos. 


En lugar de retomar el tema de conversación que traían antes del encuentro con Roberto, se estableció un silencio entre ellos que, a todas luces, resultaba incómodo para ambos. Algo había pasado que les había robado parte de la paz con la que disfrutaban mientras caminaban solo unos minutos antes. Después de un rato, fue el joven quien volvió a iniciar la conversación, pero con tema bien distinto. 


El joven consocio, demasiado joven quizás, se dirigió a Jacinto para reconvenirle, bien que sin duda con la mejor intención y hasta con cariño, con fraterna preocupación por él: ¿Cómo – comenzó – puedes darle esos abrazos a Roberto que puede contagiarte cualquier cosa? Nuestro amigo Jacinto, no se quedó atrás y a pesar de no ser gallego que dicen que contestan siempre con otra pregunta, en esta ocasión, sí lo hizo: ¡No sabes cómo te entiendo! comenzó el querido Jacinto, debía haberle saludado con la misma frialdad con la que tú lo has hecho ¿no te parece? Quedó un tanto sorprendido el aprendiz de consocio, pero no ni mucho menos arredrado ante la contestación de Jacinto que llevaba implícita algo más que una sutil reconvención.


No debes olvidar Jacinto, siguió el más joven de los consocios “que hay que atender a los que sufren, pero protegiéndonos, sin olvidar aquel refrán que dice “Por la Caridad entró la peste” hay que hacerlo con el máximo de cuidado”. Años más tarde, un ya maduro consocio, todavía recordaba el tremendo enfado de Jacinto ante sus palabra y como temió en algún momento que le soltara un mojicón y aseguraba, que era la única vez que le había había visto alterado y hasta soltando algún pequeño taco. ¿Pero sabes lo que estás diciendo? rugió el bueno de Jacinto al oír el “consejo”. 


No debes olvidar Jacinto, siguió el más joven de los consocios “que hay que atender a los que sufren, pero protegiéndonos, sin olvidar aquel refrán que dice “Por la Caridad entró la peste” hay que hacerlo con el máximo de cuidado”. Años más tarde, un ya maduro consocio, todavía recordaba el tremendo enfado de Jacinto ante sus palabra y como temió en algún momento que le soltara un mojicón y aseguraba, que era la única vez que le había visto alterado y hasta soltando algún pequeño taco. ¿Pero sabes lo que estás diciendo? rugió el bueno de Jacinto al oír el “consejo”. 


No paró el bueno de Jacinto: No olvides nunca, que la pobreza, el sufrimiento, ni debe ser ni nosotros debemos convertirla, en una especie de desdoro para alejarnos de los que la padecen. Exactamente venimos a las Conferencias a lo contrario: a procurar que aquellos que sufren, lo hagan en menor grado por nuestra cercanía. ¡Por el cariño que sepamos entregarles y no regatearles! Hasta que no lo entiendas y hagas tuyo este pensamiento, no serás un verdadero vicentino. 


Ninguno del resto de los consocios de la Conferencia, se enteró nunca del “repaso” que recibió el joven consocio de Jacinto hasta muchos años más tarde. Pero el mismo, decía que desde entonces, se acercó a Roberto hasta que desapareció de sus vidas, con una solicitud y un cariño que no se hubiera imaginado nunca y siempre, decía que pasado el berrinche de la primera hora de la bronca, entendió desde aquel momento la exigencia que le habían mostrado en el seno de la Conferencia, de ayudarse unos a otros. Primero entre los consocios, para crear el calor, el amor, que poder llevar a los otros: a los que sufren. Nadie da lo que no tiene. 


¡María, siempre María! Su intercesión que siempre solicitamos, nos asegurará que servimos bien a nuestros consocios y con ellos, a aquellos que sufren.

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EL ROSARIO Y EL FUNDADOR DE LA SOCIEDAD SAN VICENTE

Por Victor Martell Vicentino de Miami por 38 años

El beato Federico Ozanam fue el fundador de la Sociedad de San Vicente de Paul en Mayo del 1833 con solo 20 años de edad, este seglar del siglo XIX, cristiano en un mundo secularizado, fue un auténtico profeta de su tiempo en la Iglesia a la que él “ama con gran amor y sumisión”. Federico realizó sus estudios secundarios en Lyon y su carrera universitaria en París. Durante un periodo de su adolescencia tuvo grandes problemas de orden espiritual, pero se confió a la dirección del abad Noirot, gran filósofo, que le ayudó a superarlas, él mismo escribe “he prometido a Dios dedicar mi vida al servicio de la verdad que me colma de paz“.


El 5 de Noviembre de 1831 este joven intelectual de 18 años, llega a Paris desde Lion para seguir sus estudios en la Sorbona. Se desanimó, o más bien se horrorizó, de lo que vio en la capital. 

Un día, cuenta Ozanam, triste y abrumado de problemas entré en la iglesia de San Esteban para sobreponerme y levantar el ánimo. La iglesia estaba en silencio y casi vacía. Arrodillado humildemente delante del altar, estaba un hombre sumergido en la oración del Rosario. Acercándome, pude reconocer a Ampère. Después de contemplarle unos momentos me retiré, profundamente conmovido y más cerca de Dios.
 

El científico matemático y físico, de fama mundial, André-Marie Ampère, descubridor del electromagnetismo, fortalecía su alma en la oración. El joven estudiante aprendió, con este admirable ejemplo, cómo luchar contra los ataques de las pasiones. Sorprendido por esta muestra de fe, Ozanam reafirmó su fe al ver a Ampère rezar el Rosario, y fue un hombre de fe profunda que llenó el mundo con su amor, Ozanam solía decir que el Rosario de Ampère le había movido y convencido más que mil sermones. Después de este incidente hizo amistad con Ampere quien le abrió su casa. Allí encontró apoyo para su fe en un Paris violentamente anti-católico y entró en contacto con Emmanuel Bailly, que de joven había pensado ser Paúl y que conocía bien a San Vicente de Paúl.


En 1833 Ozanam, con un grupo de siete amigos, fundó la Sociedad de San Vicente de Paúl, al que eligen como patrono. El mayor de ellos Emmanuel Bailly, 39 años, Federico solo 20 años, sólo uno del grupo era más joven que él. En los comienzos no tenían experiencia de servicio, de trato con los que vivían en la miseria. Necesitaban una guía. Esta les llego por Bailly, presidente de la naciente conferencia, que sería una especie de consejero espiritual y símbolo de prudencia. Cuando deciden ir al encuentro de los pobres Emmanuel Bailly les envía a una mujer, una Hija de la Caridad de 40 años, Sor Rosalía Rendu, Apostol del distrito de Mouffetard”, y sierva de los desheredados del barrio parisino de Saint-Médard, quien les acompañaría en sus primeros pasos en la visita a los pobres en sus casas, que ellos habían elegido como fin de la Conferencia de la Caridad.


El 22 de agosto de 1997 fue beatificado por Juan Pablo II en la catedral de Notre Dame en París estimonio evangélico. Su vida la podemos resumir en tres palabras: oración, trabajo y entrega, tres principios permanentes en la concepción del cristianismo que Ozanam supo vivir y transmitir.
 

El 22 de agosto de 1997 fue beatificado por Juan Pablo II en la catedral de Notre Dâme en París 

   

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¿TENGO YO ALGUN TALENTO?

Por Lourdes Mesa (Conferencia Nuestra Señora de la Antigua, Guadalajara, España)

A veces, he oído a alguna persona decir: yo no tengo talentos, soy muy normal, “del montón”.


Al pensar en los talentos recibidos, de los que nos habla la Biblia, en Mt. 25, 14-30, nos parece – al menos a mí – que son aquellas capacidades que nos hacen destacar de los demás, brillar de alguna manera. Por ejemplo, cantar con una bonita voz y sin desafinar, destreza para pintar, bailar sin descompasar al son de la música…, pero siempre nos lo imaginamos en su punto más álgido, en el de ser admirados en esta capacidad, a los ojos del mundo.


Hay talentos innatos en todo ser humano. ¿Acaso Dios no nos ha creado con la capacidad de sonreír, de amar, de ser amables con los demás, de escuchar, de poner nuestro tiempo al servicio de los que nos necesitan…? ¿No son talentos? ¡Claro que sí!


La sonrisa es la expresión silenciosa más cosmopolita. Se expresa igual en cualquier idioma, en cualquier raza, en cualquier creencia religiosa… Si la hacemos desde lo más profundo de nuestro ser, es también expresión del amor que todo ser humano merece.


Quizás desafine cantando, pero nunca desafinaré si soy capaz de sonreír a los demás, de abrirme y acoger la vida que se me ofrece cada día. De amar sin puertas ni fronteras.


La sonrisa tiene “poderes mágicos”. Cuando alguien nos sonríe, algo se mueve dentro de nosotros, capaz de transformar nuestra hosquedad. ¿No es éste uno de los talentos que el Señor nos ha regalado?


Pero también estos talentos hay que cultivarlos y hacerlos crecer, como nos sigue diciendo la parábola. Se nos han concedido en germen y tenemos que abonarlos, quitar los abrojos, cuidarlos para que fructifiquen.


Al igual que un gimnasta tiene que hacer día tras día sus ejercicios para ser un buen atleta, también nosotros, tenemos que entrenarnos en estos talentos recibidos.


Si somos capaces de ejercitarnos en ello, algún día, no muy lejano, brotará en nosotros la sonrisa, el amor incondicional, la amabilidad, la capacidad para escuchar…, como fuente de alegría interior, del amor con el que Dios nos ha alcanzado y, entonces, se tornará en nuestro modo de vida.


Los bautizados, además, contamos con un extra: los dones del Espíritu Santo. Si los talentos pertenecen a la naturaleza con la que Dios nos ha pensado, los dones son regalos extraordinarios que El Espíritu Santo nos concede y que, además, podemos pedir. Si yo no sé escuchar las necesidades de mis hermanos, desde la fe, puedo ir a Él y pedirle que me conceda ese don, lo único que tengo que hacer es abrir mi corazón y dejarme alcanzar.


Desde aquí, la vida tiene sentido y “los del montón”, podemos sentirnos extraordinarios porque la mirada de Dios en cada uno de nosotros, lo hace posible.

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